5 Heridas De La Infancia Que Están Dirigiendo Tú Vida Adulta

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Ten siempre presente que todos nosotros, sin excepción, tenemos la misma capacidad para sanar nuestras heridas de la infancia, es sólo que no todos nosotros reconocemos nuestras propias capacidades.

Me imagino que tú también has sentido esa sensación de derrota ante la vida. Donde los pensamientos no paran de atormentarte y sientes que ya no tienes fuerzas para soportar tanto dolor.

Y da igual, si crees que has sido una buena madre, si cambias de pareja, si tienes una «buena» situación económica, si tienes un título universitario, si te mudas de casa, de ciudad o hasta de país, si estás sola, ó rodeada de gente… sientes que nada te llena ese vacío emocional que te persigue como una sombra…

a la mayoría, nos pasa lo mismo.

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Llevamos a cuesta una sombra que, intentamos tapar con todas las cosas que compramos, ahogamos con el alcohol, la agotamos con mucho trabajo, la atiborramos con comida y la dopamos con analgésicos u otros medicamentos.

Una sombra que siempre andamos buscando a quién se la podemos recostar para que la cuide, la apruebe y la quiera, porque nosotros mismos no sabemos qué hacer con ella.

Y ahí precisamente es donde está el meollo del problema: no hay nada, ni nadie, que pueda llenar ese vacío emocional que llevamos por dentro.

Esa sensación de insatisfacción personal solo se empieza a llenar cuando comenzamos a conocernos, a comprendernos, y para ello, es necesario mirar adentro, hacer un trabajo de introspección.

Se trata del conocimiento que podemos adquirir de nuestros propios estados mentales, de observarnos y autoanalizarnos; de interpretar y caracterizar nuestros propios procesos cognitivos y emotivos.

Buscar en nuestro interior es la raíz, no existen respuestas sobre lo que nos sucede en ninguna otra parte.

Empezar a conocernos, a reconocer nuestra identidad, nuestra naturaleza, nuestras circunstancias, nuestros miedos, nuestras heridas, es necesario para hacernos consciente de nuestro inconsciente.

Según Sigmund Freud, el inconsciente es amplio, extenso, incomprensible a veces y misterioso siempre, es como un recipiente que usa la mente (el consciente) como estrategia, en el cual aparta, esconde y sofoca determinadas cargas emocionales, por el sencillo hecho de que ella, la parte consciente, no puede manejarla o aceptarla.

Autoconocernos, es necesario para saber cuáles son las herramientas con la que nos enfrentamos a la vida:

  • ¿Qué traemos desde la infancia, qué aprendimos, qué nos enseñaron?
  • ¿Qué nos hace repetir, sin darnos cuenta, las mismas experiencias una y otra vez?
  • ¿Por qué siempre somos «la que más Ama» en cualquier tipo de relación, la que necesita que otro la apruebe, la que no se siente valorada, la que tiene miedo que la abandonen?
  • ¿Por qué llegamos a sentir tanto amor por alguien que nos maltrata?
  • ¿Cómo es posible que siempre le damos más a los demás de lo que nos damos a sí mismos?
  • ¿Por qué dejamos nuestra estabilidad emocional a cargo de otro?
  • ¿Por qué…?

Escarbar en nuestro interior, es la clave para sanar las heridas del alma, desde la raíz, no solo con el fin de rescatar a nuestro niño, o niña, interior de su sufrimiento y de su abandono,

sino también para redescubrir las cualidades innatas que hemos bloqueado, los recuerdos agradables opacados, la capacidad de amar que hemos reprimido;

y toda la información que se instauró en nuestro inconsciente durante la infancia que no hemos podido asimilar, que nos ha dejado una herida y nos impiden Ser.

Fácilmente nos podemos preguntar: ¿Qué tienen que ver las experiencias vividas en la infancia que no pudimos asimilar, con lo que vivimos ahora como adultos?.

El inconsciente no sabe de tiempo

El Inconsciente no puede distinguir entre pasado, presente y futuro, no tiene ningún sentido de tiempo lineal, solo el consciente hace estas distinciones.

Cada vez que un suceso de la infancia provoca una intensa reacción emocional en el menor, el recuerdo de ese evento, y los sentimientos que lo acompañaron, son automáticamente depositados y almacenados en el inconsciente.

Es como mecanismo de protección, precisamente por la incapacidad que tiene el infancia, que tienen todos los niños y las niñas, para afrontar esas dificultades.

A medida que se va avanzando por la vida, y se van teniendo nuevas experiencias que hacen aflorar recuerdos inconscientes de vivencias pasadas, junto con ellas afloran también los sentimientos que en su momento experimentamos siendo niños, como reacción a dichas experiencias.

Pero cuando esos sentimientos del pasado han revivido en nuestro interior, no los experimentamos como «viejos sentimientos». Los experimentamos en el aquí y ahora, a menudo con la misma intensidad de la primera vez.

Inclusive, muchas veces, reaccionamos emocionalmente igual (sentimos miedo, tristeza, angustia, etc.), y otras veces, hasta experimentamos reacciones fisiológicas (dolor de barriga, ganas de llorar, pesadillas e inclusive llegamos a orinarnos en la cama, etc.), aunque el suceso haya ocurrido treinta, cuarenta o sesenta años atrás.

¿Qué son las heridas de la Infancia?

Las Heridas del alma o Heridas de la infancia, de las que voy a hablar aquí, se basan en una teoría desarrollada por Lise Bourbeau, una escritora canadiense, que define «cinco heridas que impiden ser uno mismo«, es decir, una reacción a una amenaza percibida que afecta el autoestima.

Bourbeau, se inspiró en las investigaciones de John Pierrakos, Psiquiatra Americano, retomando la parte de los miedos y traumas que no se pudieron asimilar en la infancia. Él manifestó que, <todos llevamos dentro a un niño herido que fue creciendo y encontrando dificultades que le generaron traumas>.

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Las heridas de la infancia afectan nuestra vida, para siempre. La diferencia es que cuando no las conocemos, no las transitamos y las aceptamos, nos mantienen con una inexplicable sensación de vacío emocional permanente, que nos obliga a usar una máscara.

La máscara es la fachada del ego, es con la que nos presentamos ante la sociedad para que nos observen y nos reconozcan, no por hipocresía, sino porque en realidad sentimos un profundo temor de mostrarnos tal como somos.

Pero una vez que empezamos a sanar las heridas de la infancia, vemos como todas esos traumas se empiezan a transformar en fortalezas y cualidades.

Herida de la infancia, es el nombre metafórico que se le da al Trauma psíquico, o psicológico, que sufre el infante, tanto por el evento que amenaza profundamente su bienestar o su vida, como por la consecuencia de ese evento en el aparato, estructura mental o vida emocional del mismo.

El término «Herida de la infancia», refleja adecuadamente la lesión invisible que aparece como consecuencia del daño emocional, pero que con el tiempo, cuando se logra sanar permanece la cicatriz, pero ya no duele.

Bourbeau, identifica cinco Heridas de la infancia: herida del rechazo, herida del abandono, herida de la humillación, herida de la traición y herida de la injusticia.

¿Cómo se originan las heridas de la infancia?

Nadie sale de la infancia sin una cicatriz causada por una herida. Ya sea una caída del triciclo, un raspón en la rodilla, un rasguño con la rama de un árbol, la marca por una operación quirúrgica a temprana edad, las secuelas visibles que dejan una enfermedad o un accidente, por ejemplo.

Igualmente sucede en nuestro mundo emocional, se podría decir que, ningún niño o niña sale de la infancia sin una herida emocional.

El hilo de vida de los niños está marcado por pequeñas, o grandes, experiencias que los marcan, en mayor o menor grado, dependiendo de la carga y significación emocional que tuvieron de manera individual.

La herida de la infancia, se origina como consecuencia de las vivencias que no pueden ser transitadas conscientemente por el niño o la niña, debido a su naturaleza vulnerable e inocente, entonces quedan guardadas en el inconsciente pero a su vez define la personalidad con la que el adulto aprende a desenvolverse dentro de su entorno.

Dependiendo de cómo transitamos esos momentos, qué tan profundas son las cicatrices que nos dejan y cómo trascienden, marcan nuestro comportamiento afectando nuestra relación con nuestro entorno:

  • ¿Cómo nos vinculamos?,
  • ¿Cómo reaccionamos ante ciertas situaciones?,
  • ¿Cómo resolvemos los problemas cotidianos?,
  • ¿Cómo controlamos nuestras emociones?,
  • Etc. … cuando somos adultos.

Como las heridas físicas, también hay heridas emocionales o traumas de mayor o menor tamaño. Pero eso no quiere decir, que como adultos, podamos quitarle importancia a ninguna de ellas, solo porque consideremos que no tiene la gravedad suficiente.

No hay heridas o traumas «insignificantes» o traumas “de verdad”

Si un niño o niña, atraviesa por un momento de su vida en el que siente miedo intenso, sentido de incapacidad de ejercer control de defenderse, tristeza o culpa, por ejemplo, queda traumatizado aunque ahora como adultos cataloguemos como «insignificante» esa experiencia. 

Cuando un niño es perturbado emocionalmente y crece sin gestionar el trauma, de adulto, es posible que se desarrollen enfermedades como: ansiedad y depresión.

También, que esté constantemente en una espiral donde reexpirementa las mismas experiencias y conductas, los mismos problemas en las relaciones afectivas, las mismas carencias que generan dependencia emocional, los pensamientos obsesivos, las adicciones, etc.

A veces, las heridas emocionales se originan por una interpretación distorsionada de la realidad por parte del niño, obedeciendo a su sensibilidad, a su percepción individual, pero en otros casos, las heridas aparecen como consecuencia de una experiencia traumática.

Es una realidad que, la mayoría de los niños y niñas, nacemos de otras niñas que tienen embarazos precoz, de adultos que no desean tener hijos, de padres que niegan su paternidad, de parejas que prefieren una niña en vez de un niño(o viceversa), producto de embarazos no deseados o, peor aún, como consecuencia de una violación.

La mayoría de nosotros, vamos creciendo mientras vemos como se desintegra nuestra familia, viendo a los padres golpeando a nuestras madres (y viéndolas a ellas dejándose golpear), pasando penurias por carencias afectivas y económicas, recibiendo maltratos físicos y verbales.

Lidiando con las adicciones, las frustraciones y el sufrimiento de los adultos.

Siendo abusados sexualmente, casi siempre por la misma persona que debía cuidarnos.

El ego y sus máscaras

El ego se desarrolla desde la infancia. Está presente en nuestros pensamientos, sentimientos, acciones y palabras.

Es como un escudo emocional que usamos para protegernos, para disfrazar las inseguridades y para conseguir la aceptación de los otros. El ego se manifiesta a través de las máscaras.

La máscara, es un mecanismo de defensa inconsciente que intenta poner a salvo nuestro verdadero “yo” cuando sentimos que está en peligro. Es un engranaje que nos permite sobrevivir.

Por lo tanto, llevar una máscara no es necesariamente algo perjudicial para nosotros mientras no podemos o no sabemos cómo abordar nuestro niño interior y rescatarlo de su sufrimiento y sanarlo.

Pero mientras nos atrevemos a reconocer que tenemos una herida y nos proponemos a sanarla, la máscara lejos de protegernos, disminuye nuestra autoestima y aumenta nuestro dolor, nuestra ansiedad, nuestra incapacidad para crear vínculos saludables.

Las 5 heridas de la infancia

La psicología nos señala 5 heridas emocionales de la infancia. Conocerlas es fundamental para comprender gran parte de nuestras conductas, emociones y pensamientos, así podemos abordarlas, aceptarlas y sanarlas.

Las heridas de la infancia y sus máscaras son:

  • El rechazo: Máscara del huidizo o la huidiza.
  • El abandono: Máscara de la dependencia.
  • La traición: Máscara del controlador o la controladora.
  • La humillación: Máscara del masoquismo.
  • La injusticia: Máscara de la rigidez.

Herida de rechazo

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Máscara del huidizo o la huidiza.

Ésta herida tiene que ver con la falta de amor, de aceptación del ser, de la vida misma.

Esta herida se puede empezar a generar desde antes del nacimiento, cuando el feto percibe el rechazo desde el vientre materno, cuando una mujer no esperaba salir embarazada, cuando un hombre rechaza la paternidad, cuando cualquiera de los padres se queja constantemente de su situación económica, y de su incapacidad de poder mantener al bebé, cuando la madre piensa en la posibilidad del aborto.

Cuando un niño, o una niña, son constantemente aislados, apartados, cuando recae sobre él la imposibilidad de poder seguir llevando la vida que se tenía cuando no había nacido.

Cuando el nacimiento del niño se percibe como la salvación ante el fracaso del matrimonio, o cuando debe llenar los vacíos emocionales de los adultos, ese infante, ya nace marcado con la herida del rechazo.

Inclusive, un niño podría desarrollar una herida de rechazo porque recibió un fuerte regaño cuando lo vieron llorando, porque: <¡los niños no lloran!>, o una niña, porque solo recibía en sus cumpleaños «regalos de niñas» (cocinitas, ollas, juegos de té, planchas o máquinas de coser) aunque a ella le gustaba andar en bicicleta, por ejemplo.

La mayoría de los adultos que tienen la heridas del rechazo, son personas que tienden a estar aisladas, retraídas, desconectadas. Personas que les cuesta crear vínculos afectivos, porque siempre temen ser rechazados. Les gusta estar en soledad pero se sienten miserables estando solos.

Suelen ser adultos incapaces de valorarse, con miedo a tomar decisiones, inseguro de sí, esperando constantemente la aprobación de los demás.

Suelen huir cuando empiezan a sentir un lazo afectivo, o cuando el otro les da alguna muestra de cariño, porque se sienten asfixiados. No se sienten merecedores del amor. Así que, cuando alguien les ama, dudan e incluso llegan a sabotear la relación.

Herida de abandono

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Máscara de la dependencia.

Esta herida tiene que ver con la falta de amor, de empatía, de cuidados, de protección.

Existen niños, o niñas, que desarrollan la herida de abandono, porque el único día que lo buscaron 15 minutos más tarde, en el colegio, a la hora de la salida le pareció una eternidad y se sintió desamparado, por ejemplo.

El abandono, no se refiere exclusivamente con el desamparo, tampoco a cuando los padres se divorcian, tiene que ver cuando lo hacen pero no involucran al niño.

Esta herida también tiene que ver, cuando los padres están presentes físicamente, pero no afectivamente.

Cuando los niños se sienten descuidados, y su educación es dejada exclusivamente a cargo de la maestra en la escuela, o cuando uno de los padres fallece, para un niño y para una niña, en ambos casos siente el abandono.

Esta herida afecta la independencia del adulto, la madurez. Un niño, o niña, con la herida del abandono es un adulto que se resiste a crecer, un adulto que le cuesta cumplir con sus obligaciones, que le cuesta terminar lo que inicia.

Un adulto con la herida del abandono toma con facilidad la postura de la persona que tiene cerca hasta el punto de imitarla en las costumbres, forma de vestir, lo que come, etc., debido a su falta de personalidad, se hace manejable y manipulable con facilidad.

Un niño, o niña que sufrió la herida del abandono, se convierte en un adulto que no le gusta estar solo. Un adulto con dependencia emocional. La dependencia emocional no se manifiesta solo en personas sumisas, también se manifiesta a través de personas dominantes.

Los adultos sumisos, son extremadamente serviciales, son capaces de soportar cualquier maltrato con tal de no ser abandonados. Suelen ser personas que no saben poner límites, que no saben decir: «No quiero, no puedo». Anteponen siempre, las necesidades de los demás por encima de las suyas.

Las personas que tienen una postura dominante, también son dependientes emocionales. Dependen siempre de otro, porque no les gusta estar solos, la diferencia es que retienen al otro a través de infringirle miedo.

Estas personas tienen habilidades de liderazgo, dones de comediante, de artistas, lo hacen con el fin de captar la atención de los demás, para no sentirse solos.

Suelen ser personas sociables, que usan una máscara de jovialidad, buen sentido del humor, alegría, para que los demás no noten el intenso vacío que sienten por el miedo a estar solos.

Herida de traición

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Máscara del controlador o la controladora.

Esta herida tiene que ver con la falta de amor, de lealtad, de gratitud, de honestidad.

Los niños pueden desarrollar la herida de la traición, por no haber recibido el obsequio navideño que tanto esperaba, porque Santa Claus <no tenía mucho dinero>, pero sí lo recibió su vecino.

La falta en el cumplimiento de una promesa a un niño, genera una desconfianza que se puede transformar en envidia y otros sentimientos negativos, por no sentirse merecedor de lo prometido y de lo que otros tienen.

Pero, un gran número de niños desarrollan ésta herida cuando ven a su héroe maltratando a su madre, y ven que ella se deja maltratar, sea o no sea el caso.

Cuando un niño, o una niña, escucha a uno de sus padres gritando, insultando; o lo ve ebrio, drogado, rompiendo cosas, o siéndole infiel al otro, se siente traicionado.

También, cuando tienen que asumir responsabilidades a temprana edad, como cuidar a los hermanos, limpiar y mantener la casa limpia; salir a pedir limosnas o a trabajar porque tienen responsabilidad económica.

Una persona que abusa sexualmente de un niño, o una niña, que debía proteger y cuidar, lo traiciona.

Los adultos con la herida de la traición, suelen ser personas controladoras, quieren ir de prisa, activos con todo lo que tiene que ver con el exterior, son incapaces de conectarse con sus sentimientos, son personas desconfiadas.

El controlador tiene un carácter fuerte y enérgico. Defiende con pasión lo que cree y espera que los demás acepten sus opiniones. Necesita tener el control de la situación y convencer a toda costa a los demás. En cualquier caso, le gusta decir siempre la última palabra.

La persona controladora suele tener muy poca paciencia. Al controlador le ponen nervioso las personas que se explican de manera confusa o muy lentamente.

Suelen ser personas que comen con ansiedad, con gran rapidez, porque consideran que no tienen tiempo que perder.

Suele tener dificultad para confiar en los demás, sin embargo no puede soportar que los demás no confíen en él.

A menudo confunde ayudar con controlar. No suele preguntar a los demás lo que en realidad necesitan, le gusta más decidir directamente por ellos. Por su parte, le cuesta admitir que necesita ayuda o mostrarse necesitado.

Herida de humillación

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Máscara del masoquismo.

Esta herida tiene que ver con la falta de amor, de respeto, de consideración, de valoración.

Un niño, o niña, pudo haber desarrollado la herida de humillación, porque en su cuarto cumpleaños le rompieron la piñata que tanto quería, y sufrió ver cómo los otros niños lo disfrutaban y se reían, pudo sentir que se burlaban de él, por ejemplo.

Se desarrolla la herida de la humillación, cuando el infante siente que no confían en ellos, cuando son maltratados psicológica, físicamente y sexualmente.

Cuando son objetos de burlas y constantes críticas por su «falta» de habilidades o destrezas o por su apariencia física.

Las heridas emocionales de la humillación generan con frecuencia una personalidad déspota, opresora, totalitaria y egoísta como un mecanismo de defensa, e incluso, tiende a humillar a los demás como escudo protector.

 Asimismo, suelen desarrollar una actitud masoquista en su adultez, encuentran satisfacción, e incluso placer, en el sufrimiento. Aún cuando lo haga de manera inconsciente, busca humillarse y castigarse antes de que otra persona lo haga primero, porque así considera que tiene «el control».

Un niño, o niña, con la herida de la humillación es un adulto que le cuesta respetar la opinión de los demás, es ofensivo e hiriente constantemente. Desvaloriza las cualidades y virtudes de los demás, e inclusive las propias.

Muchas veces, son la que originan situaciones de desigualdad que los afecta directamente, se crean la obligación de atender y sobreproteger de manera insana a los hijos, y a los demás.

Tiene la costumbre de asumir responsabilidades que no le corresponden y sentirse culpable si no puede cumplir con ellas.

Herida de injusticia

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Máscara de la rigidez.

Esta herida tiene que ver con la falta de amor, de humildad, de respeto, de compasión y de imparcialidad.

La herida de la injusticia se puede originar porque un infante obsequió a su mamá, lleno de mucho orgullo, un laborioso dibujo que después vio tirado.

Pero hay niños y niñas, que crecen en orfanatos, en la calle o en ambientes donde las personas que los rodean, o los cuidadores principales, son fríos y autoritarios.

En «hogares» cuyo ambiente ha sido creado un fanatismo por el orden y el perfeccionismo. Donde no se admite un mínimo error, una baja calificación, un gesto dudoso. Donde una mirada sostenida, aunque sea por pocos segundos, es sinónimo de rebeldía.

La herida de la injusticia se puede producir cuando los niños y las niñas, no se han sentido valorados o respetados en su infancia, pero también a veces este desgarro se puede producir cuando cree haber recibido mucho más de lo que se merecía, cuando crece sin límites, adulado y premiado sin ningún mérito.

Cuando no es censurado por agredir constantemente a otros niño. Cuando toma los juguetes o lápices ajenos y se los apropia, sin recibir ninguna reprenda u orientación por ello.

Por tanto, la herida de la injusticia también puede ser causada por progenitores o cuidadores influyentes que tratan con desigualdad a los hijos, que son muy fríos, autoritarios o excesivamente exigentes solo con alguno de ellos.

Los adultos que han sufrido la herida de la injusticia parecen tener un carácter severo, pero en realidad suelen ser sensibles, pero reprimen sus sentimientos de cara al exterior.

Si nos fijamos en la comunicación no verbal, son personas propensas a protegerse de los demás y lo demuestran con una postura de brazos cruzados delante del pecho o que bloquean sus extremidades en posición defensiva.

Asimismo, suelen preferir los colores oscuros en su vestimenta y todo aquello que suponga un cierto control de las emociones.

Como tiene como valor más preciado la justicia, siempre procura ser merecedor de lo que recibe. El mérito es fundamental en su concepción de la vida. Si logra algo sin haberse esforzado demasiado, cree no merecerlo y se las ingenia, de manera no consciente, para perderlo.

La persona con la herida emocional de la injusticia suele tratarse bastante injustamente a sí misma, pues tiende a controlarse y tiene la curiosa habilidad de crearse demasiadas obligaciones. Además, ni siquiera se cuestiona si esas obligaciones responden a lo que realmente necesita y desea hacer.

Por otra parte, aquellos que tienen una personalidad rígida les gusta que todo esté ordenado, lo que puede terminar derivando en una obsesión.

Pese a que prefiera hacer las cosas por su cuenta, la persona rígida tiene un gran miedo a equivocarse, por eso tiene esa pulsión por el perfeccionismo y se exige tanto en todos los ámbitos de su vida. Esto le genera una gran tensión emocional porque trata de imponer la perfección en todo. Y como eso es imposible, se aboca al sufrimiento.

Niños y niñas, que a pesar de todas esas experiencias que no pudimos transitar, que no supimos enfrentar por nuestra naturaleza vulnerable e inocente, cargadas de soledad y violencia, conseguimos, milagrosamente, sobrevivir siguiendo adelante.

Mientras día tras día luchamos en silencio, para evitar despertar los recuerdos de esas heridas emocionales que preferimos hacer dormir para poder seguir viviendo.

Todos nosotros, durante cualquier etapa de nuestras vidas, cuando nos hacemos conscientes que lo que nos está sucediendo, hoy y ahora, no es sino consecuencia de las experiencias abrumadoras que sufrimos durante nuestros primeros años de vida, podemos cambiar en gran medida nuestra doctrina de tal modo que nos cure y nos haga adultos libres.

A pesar de que un trauma (incluso en su definición como suceso estresante extremo) es generalmente concebido como algo que necesariamente tiene repercusiones negativas, varios autores han hecho notar que algunos individuos, han sanado tales heridas y han llegado a convertirse en personas ejemplares y felices.

Todas las heridas de la infancia, una vez que empiezan a sanar, se transforman en virtudes de nuestra personalidad, nos hacen ser personas más satisfechas emocionalmente, empezamos a querernos más, a sentirnos orgullosos por nuestra fortaleza, empezamos a reír con más frecuencia, nos rejuvenecemos, nos empoderamos.

Calhoun y Tedeschi, argumentan que, esos cambios positivos incluyen mejoramiento en las relaciones, nuevas posibilidades en la vida personal, mejor apreciación de la vida, un sentido mayor de fortaleza personal y desarrollo espiritual, y que aparentemente hay una paradoja básica comprendida por los sobrevivientes de un trauma que reportan ese crecimiento postraumático: sus pérdidas también han producido ganancias invaluables y ellos también encuentran más fácil llegar a intimar con otros y tienen grados mayores de compasión con aquellos que experimentan dificultades.

Es conveniente tener presente que Calhoum y Tedeschi, no están sugiriendo que tal crecimiento es fácil o libre de sufrimiento: el crecimiento postraumático puede ocurrir en un contexto de considerable sufrimiento y problemas psicológicos, por lo tanto, no se debe focalizar en este aspecto a costa de minimizar o menospreciar esa pena y ese sufrimiento.

Ten siempre presente que todos nosotros, sin excepción, tenemos la misma capacidad para sanar nuestras heridas de la infancia, es sólo que no todos nosotros reconocemos nuestras propias capacidades.

¿Te has identificado con algunas de estas heridas?

Existen muchas técnicas y mecanismos que te pueden acompañar en el proceso de rescatar a tu niño, o niña, herida; para hacerle saber que ya creciste, que lo vas, o la vas, a rescatar y te vas a hacer responsable de sanarlo, o sanarla.

Para decirle lo orgulloso, u orgullosa que estás por lo valiente que fue, que ya no tiene nada que temer y que amándote le vas a demostrar cuánto lo amas.

Si tienes interés en conocer por dónde podrías empezar para sanar a tu niño, o niña, herida, en el siguiente artículo, te voy a contar cuál está siendo la técnica que estoy usando para sanarme, quizás te guste y la puedas adaptar a tu forma.

Además, aquí puedes leer sobre «Cuando Empiezas A Sanar Las Heridas De La Infancia Te Cambia La Vida», solo con tomar conciencia y con la disposición para sanar, porque es posible que se nos sigan presentando retos en la vida, pero aumenta nuestra capacidad de acción positiva ante ello.

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Fuentes:

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