Que a las mujeres nos cuesta desligar el amor del sexo… depende de cómo sea ese sexo.

Es tiempo que empecemos a ser sinceras con nosotras mismas o de que nos demos cuenta, que posiblemente, hemos creído habernos enamorado y, en vano, esmerado en mantener una mala relación, basándonos erradamente en esa tontería del flechazo del corazón.

Cuando la realidad es que nos pudimos haber quedado ancladas, ¡sí!, por un flechazo, pero en otro órgano… el sexual.

Cualquiera que se haya enamorado reconoce las sensaciones:

  • el corazón palpita fuertemente y a toda velocidad,
  • la respiración se acelera,
  • las palmas de nuestras manos se humedecen, y
  • empezamos a sentir el delicado volar de las mariposas en la boca del estómago.

Si la presencia de alguien te genera esto, seguramente lo atribuyas a la enorme atracción que sientes por esa persona. Incluso es muy posible que lo llames amor.

Sin embargo, podrías estar muy equivocada.

De hecho, quizás lo que realmente estés experimentando es miedo, ansiedad, estrés ó esa rica e incontrolable sensación en la piel, que produce la excitación.

Y es que si bien son estados opuestos, los cambios fisiológicos que provocan en nuestro cuerpo son muy similares.

Las hormonas que se liberan adrenalina y noradrenalina también afectan nuestro estómago, haciendo que sintamos «mariposas».

Curiosamente, es el mismo proceso que atravesamos cuando estamos enamorados, propiciando a que se puedan confundir las distintas emociones, si no somos conscientes para identificarlas.

Así pues, esa sensación que tú atribuyes a «estar enamorada», en realidad podría tener un origen muy diferente:

El cerebro podría confundir estar excitada, con estar enamorada.

En estos tiempos, ésas maripositas silenciosas y de suaves alas que se sentían en la boca del estómago cuando había una atracción física, se convirtieron en grillos que brincan torpemente de un lado para otro y que producen ese molesto sonido tan peculiar, que hace desesperar a cualquiera, y

Y se trasladan con gran facilidad desde el estómago a la vagina.

Porque los tiempos han cambiado, y la forma de manifestar el enamoramiento también, ahora no hay distinción de género, detrás de la atracción se asoma, casi de inmediato, el intenso deseo de intimidad sexual con el otro individuo.

Entonces,¿estás segura que estás enamorada?

¿A ti qué te hace que te enamores?
¿Cuáles son tus motivos para mantener esa relación? 

Lo primero que se te ocurre responder es que, obviamente, te enamoras del tipo que te demuestra que quiere un compromiso contigo, ése que te trata bien, que te halaga, el que te respeta, que te valora, al que <se le nota> que te va a ser feliz por todo lo que te dice y por como te mira… y son los motivos que hacen que valga la pena mantener esa relación.

Así debería de ser, tendríamos que enamorarnos racional y conscientemente, con motivaciones valiosas que puedan mantenerse por sí solas sin ampararse en el sexo, porque indudablemente,

tener sexo proporciona una energía placentera y esencial, pero no es lo que hace, por sí solo, que una relación sea funcional, y por ende satisfactoria.

A las mujeres nos cuesta desligar el amor del sexo

Depende de cómo sea ese sexo, a veces si nos conviene divorciar fácilmente el amor del sexo.

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Muchas dirán que no tiene sentido, que no se enamoran a través de lo que el sexo las hace sentir,

y menos, mantener una relación por eso, sería trivial.

No dudo que esa sea la verdad y la realidad de muchas, pero tras bastidores sociales, para otras tantas eso: sí es así.

Porque, cómo se podría explicar que hay mujeres, y hombres también, que se sienten enamoradas de personas que los hacen sentir miserables, que las tratan con menosprecio, indiferencia y muchas veces hasta con maltratos físicos.

O, por qué la mayoría de las mujeres se enamoran de su amante, a pesar de saber que el tipo no les puede ofrecer nada más allá de sexo.

Cómo se explica que algunas afirman estar «locamente» enamoradas, de alguien que ni conocen y no saben si quiera si es real; solo por todas las horas que intiman sexo cibernéticamente, y de paso se atreven a presumir lo <bien dotado> que está el tipo, después de haber visto las fotos que le envió.

Y tú:

¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te enteraste que tu pareja te fue infiel?

-¿en que le entregó a la <zorra ésa> la confianza, el cariño, el respeto y la atención que te corresponden a ti?-

¡Para nada!

-y tú sentada ahí lo sabes-

Lo primero fue en la impotencia al sentir ese inmenso asco, cuando te lo imaginaste teniendo sexo con su amante,

y es lógico: «Se lo metió y después vino muy tranquilo a metértelo a ti».

Claro, después vino la rabia y el dolor cuando empezaste a pensar en la traición, en el tiempo que le dedicó y en el dinero que le gastó.

O, el cuento de aquella que se acostó con ese tipo, y poco le importó haberse dado cuenta al día siguiente que era un enfermo mitómano, capaz hasta de inventar historias insostenibles,

como esa vez que le prometió un castillo en la luna, con dos hijos que siempre la iban a obedecer, con una mascota que recogía su propia caca y él, un marido que la amaría toda la vida y que siempre le sería fiel.

¿Qué hizo cuando se dió cuenta que se había acostado con un despiadado mentiroso?

Nada, igual se declaró enamorada del tipo al día siguiente, decía que ya era tarde… ya se le había entregado.

¡Ah!

Pero los cuentos son otros cuando a alguna le <pareció> que el «enamorado» tenía el pene pequeño,

Ó, cuando el tipo fue tan aguado y desabrido, como huevo a medio cocer y sin sal.

Cualquier promesa que nos hizo el señor ese, se la devolvemos envuelta en hojas de diario, mientras que empezamos a buscar excusas para ver cómo nos lo sacudimos con algo de compasión, en algunos casos.

Ahí es cuando nos conviene desligar fácilmente el sexo y el amor, ya no parecemos tan <débiles>.

Realmente, por qué dices que estás enamorada

Si tan solo empezáramos a ser sinceras con nosotras mismas, a describir las cosas como realmente las vemos y a llamarlas por su nombre, nos evitaríamos mucha pérdida de tiempo y sufrimiento.

Porque uno no puede andar repitiendo todo el día <lo enamorada que está> de cualquiera, porque el subconsciente no tiene sentido de lo que es real y de lo que no, todo se lo va grabando y cuando, algún día, se te pasa «el amor» y te sientas a pensar:

¿por qué era que estabas enamorada de ése patán?

Ni tú misma consigues un solo motivo, aunque de pronto se te viene a la mente la única razón que tienes:

—Déjame pensar… algo bueno tenía… ¡ah sí!… me hacía el amor rico, por eso lo aguanté tanto—

—¿te hacía…?… ¿ya no?—

Claro, ya no es lo mismo. porque cuando pasó ésa emoción (que por cierto dura poco tiempo cuando la acompañan insultos, malos tratos y golpes), ya no queda nada más que pueda soportar ésa relación, por supuesto, tampoco ánimo para procurar reavivar la pasión.

Entonces, te quedas atrapada en una relación vacía, con una persona que nunca tuvo nada más que sexo para ofrecerte.

Tan solo si pudiéramos saberlo, podríamos enamorarnos del trato que nos dan, de una persona que nos quiera, que nos complemente y de lo que le hace sentir a nuestra piel.

gray scale photo of smiling woman
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Si pudiéramos saber por qué nos enamoramos, podríamos evitar enamorarnos de cualquier patán, aunque nos acostáramos con él.

Espero que te haya gustado, sé que algo pensarás, si gustas abajo me puedes comentar.

Me gustaría leerte.

Hasta la próxima…

Soy, Jenissa

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